sábado, 14 de junio de 2014

Gracias, España


Frente a lo que afirma el tópico, sostengo que el que no se consuela es porque no puede. Así que es una verdadera suerte comprobar que la soberana abdicación futbolística con que ayer nos golpeó La Roja, al sucumbir tan estrepitosamente bajo el efecto letal de la danza zamba y velocísima de Robben y sus amigos, además de hacernos caer en la cuenta de que el fútbol es sólo fútbol, nos ha quitado a muchos un buen montón de años de encima. Jugar como nunca, incluso bien, y perder como siempre, tal era el sino habitual de casi todos los equipos nacionales españoles en cualquier competición durante la mayor parte de nuestras vidas. Lo ocurrido a lo largo de estos últimos años en tantos deportes, y especialmente en fútbol, es verdad que nos ha ido llenando el espíritu de alegrías, pero también de arrugas el cuerpo: duraba tanto que ya nadie parecía recordar que una vez, durante mucho tiempo, fuimos pobres, muy pobres. De modo que también por esto hay que estar agradecidos a Del Bosque y sus muchachos: de un plumazo (manotazo, más bien: cinco golitos) nos han depositado en la piel del niño y el joven que fuimos, han reconstruido a nuestro alrededor el paisaje familiar del eterno aspirante a dejar de ser objeto de las burlas del destino, y nos han vuelto a recordar que sobreponerse a la adversidad es nuestra auténtica fortuna. Por fin podemos volver a soñar.