miércoles, 30 de abril de 2014

Iquique


En el vértigo inmóvil de los días hay palabras que brillan como luces en la noche: son capaces de llevarnos a un lugar de encuentro con nosotros mismos, a un espacio donde nuestra cada vez más precaria intimidad no necesita contraseñas para ser reconocida, ni poderosos leños flotantes que impidan que seamos arrastrados por el capricho de las corrientes mediáticas. Hoy, por ayer, y por un día que ya está en el pasado, una de esas islas verbales me asaltó en medio de una noticia trágica (las que más abundan) referida a un terremoto de magnitud 8,2 que hizo temblar las regiones chilenas de Arica y Tarapacá, y causó seis muertos y cuantiosos daños materiales. En medio de la crónica del desastre, similar a otras muchas leídas o escuchadas en días aciagos (aunque ninguna es igual a otra), de pronto salta un nombre que lo reorganiza todo en mi percepción: Iquique. Es la capital de Tarapacá y una de las más afectadas por el seísmo, hasta el punto de que las seis personas fallecidas vivían en ella. Pero Iquique, más allá de la crónica inmediata, es sobre todo una clave de la música del tiempo: de súbito, me remonta a unos años de mi juventud en los que, dentro del despertar político que me había supuesto la muerte de Allende y la derrota de «la vía chilena hacia el socialismo», la figura de Víctor Jara se había convertido en el reclamo de un interés más general por la música chilena y en particular por el folclore andino, del que ya nos habían llegado algunos acordes en alas de aquel mítico cóndor al que cantaron Simon y Garfunkel. Y en esa onda de preocupaciones, de las que los ponchos eran una seña exterior bien visible (recuerdo haber vestido uno, prestado, de suave lana gris), no tardaron en ocupar un lugar destacado grupos musicales como Los Calchaquis o Quilapayún. De estos últimos recuerdo sobre todo La cantata de santa María de Iquique, que es donde realmente desembocan las aguas de la memoria verbal. Pieza mayor del folclore chileno, es un dolorido canto de testimonio y protesta por la represión de las huelgas vividas en las minas de sal del país, que en 1907 desembocó en una masacre de obreros y sus familias a manos del ejército de Ríos Montt cuando se habían refugiado en la Escuela de Santa María. Sin duda, uno de los sucesos más trágicos de la historia de Chile. Es toda ella una obra conmovedora, pero la parte que me parece más lograda es la que recoge el vídeo que dejo abajo  Es oportuno recordarlo en vísperas de un primero de mayo, hacia el que también nos conduce, con toda su fuerza de símbolo gráfico, El cuarto estado, el conocido y tantas veces recreado cuadro de Giuseppe Pelliza da Volpedo que encabeza estás líneas (imagen tomada de Wikipedia).