viernes, 17 de enero de 2014

Bill Viola, el ojo en vilo

 Un instante de El quinteto de los silenciosos, de Bill Viola.

Las cuatro videoinstalaciones de Bill Viola que pueden contemplarse en la planta primera del Museo de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid (hasta el 30 de marzo), tienen un gran poder de revelación. En sí mismas, son obras maestras de un delicado arte visual que posee la virtud de poner el tiempo en primer plano a la vez que nos ilustra sobre otra forma posible de mirar. Pero además, al entrar en diálogo con las pinturas del museo, y en especial con los ojos de los retratos de Zurbarán o Goya, los cuerpos emergidos de la oscuridad de los tenebristas, o con el gesto transido de la talla de la Dolorosa de Pedro de Mena, entre otras confrontaciones, estas obras de arte visual potencian la experiencia misma del mirar: nos hacen caer en la cuenta de la importancia de algunos fenómenos sutiles que tienen lugar cuando observamos un cuadro o una escultura. La experiencia equivale a algo así como a abrir una secreta puerta que nos permite entrar dentro de las obras para descubrir sus movimientos internos y captar con detalle matices y sugerencias que el gran arte contiene, pero que no siempre es fácil percibir.

Las obras de Viola seducen por su envolvente plasticidad. Son uno de los grandes logros artísticos de cierto hiperrealismo digital imperante en la era de las ubicuas pantallas. Y resulta evidente que privilegian una dimensión que la pintura, antes de la eclosión de las tecnologías visuales, sólo podía imaginar como un fenómeno que tenía lugar en la retina y el cerebro del espectador: la presencia objetiva del tiempo.

Esto es posible no sólo porque las obras de Viola duran (como dura, digamos, una película) sino porque provocan una experiencia en la que el tiempo puede ser contemplado con extrema parsimonia, en un punto más allá de la cámara lenta, lo que hace posible distinguir en su duración fenómenos que por lo común pasan inadvertidos.

El arte de Bill Viola pone en vilo nuestros ojos porque los deja sin el apoyo o soporte de la quietud. También porque, al ofrecernos en sus obras un minucioso estudio de emociones que van desde el asombro o la perplejidad hasta la tristeza, el dolor y la angustia extrema, la contemplación de estos "cuadros" produce una notable inquietud y hasta zozobra.

La bellísima obra titulada Dolorosa (2000), dispuesta como un díptico que parece salido del taller de un pintor maestro en el arte del retrato, nos ilustra sobre el dominio de técnicas escenográficas e interpretativas que subyacen en la creación de un paisaje interior como el que las dos figuras retratadas nos muestran.

Dolorosa..
Mucho más inquietante resulta Montaña silenciosa (Silent Mountain, 2011), donde asistimos a la manifestación de una corriente emocional devastadora en los rostros y cuerpos de un hombre y una mujer mostrados en dos pantallas adyacentes.

 Montaña silenciosa, en su entorno.
Singular, tanto por su plasticidad como por la tensión y hasta intriga de su desarrollo, es Rendición (Surrender, 2001), una experiencia que es también un viaje a través de la historia del arte, desde la densidad realista de grandes maestros, como Velázquez o Rembrandt, hasta las distorsiones de un Bacon o los destellos pastosos de algunas corrientes de la abstracción.

Rendición, entre retratos de Goya.
De naturaleza bien distinta, aunque complementaria, es la obra El quinteto de los silenciosos (The Quintet of the Silent, 2000), a la que corresponde la imagen superior. En la pequeña sala interior donde se muestra esta crónica épica de la mirada, mientras nos confrontamos con los rostros de un grupo de personas que se ignoran entre sí, y que tampoco parecen prestar atención alguna al espectador, se produce, durante unos instantes imprecisos, una sensación de vacío o ausencia que quizás pueda describirse con propiedad, según dice la nota que en un rincón describe la obra, como «un espacio psicológico donde el tiempo se suspende».

Sin embargo, cuando volvemos a percibir el movimiento y con él la duración, es inevitable preguntarse, como hace una chica a mi lado: «¿Qué estarán mirando para reaccionar de esa forma?». Uno sale con la impresión de que es uno mismo, o sea el espectador, el que ha sido visto por esos ojos primero ensimismados, luego asombrados y finalmente ausentes. Aunque tal vez sea eso lo que siempre hace el verdadero arte.

El artista neoyorkino Bill Viola (1951).

Todas las imágenes, excepto el retrato del artista, están tomadas de la web del Museo.