miércoles, 4 de diciembre de 2013

Mr Eliot


Y ahí está, mirándonos, tal vez sin vernos, pero dándose cuenta de que estamos ahí, aquí, en el hipotético lugar donde confluyen tiempos y energías, sueños y sombras, el rastro otro de la luz. Es curioso ─seguro que también a vosotros os pasa algo parecido─ pero esa mirada nos recuerda a alguien: otras veces nos han mirado así y hemos sentido el mismo cálido asombro de sabernos reconocidos. Claro que aquella (la que yo recuerdo, tal vez también la vuestra) era una mirada amiga, se escapaba un hilo de ternura debajo de sus párpados y había en ella una cercanía de la que no era posible dudar. Aquí se impone, acaso como velo o máscara que no puede evitarse, el saber que miramos a alguien que vio las cosas con una luz que no está al alcance de todos. Quizás está viendo algo a nuestra espalda, lo ve llegar de lejos, no se sabe si es una amenaza o simplemente una consecuencia de nuestros actos. No estamos al margen de nada, ni las orillas de la vida y la muerte tienen los perfiles tan claros como para que el pensamiento y el instinto despierto de los sentidos no sean capaces de moverse con soltura entre una y otra. Es fácil sentir, mirando a Mr Eliot, en esta imagen tan noble y elegante, incluso con tanta inteligencia en la postura, que alguna forma de inmortalidad está al alcance de nuestra condición humana (oigo en la radio, en noticia que tildan de "urgente", que se ha logrado extraer en Atapuerca el adn humano más antiguo del mundo: 400.000 años...). Y que podemos recrearnos, sin temor, con gozo, en la sabiduría trémula que destilan esos ojos finalmente tan vivos.

Retrato de T. S. Eliot © Getty Images. Tomado de aquí.