miércoles, 11 de septiembre de 2013

La tela letal


Al fondo de la cámara apenas queda una molécula de aire. La luz es solo el recuerdo que de ella guardan los ojos asombrados. El espesor del lino, con su rugoso tacto vegetal, va cubriendo las capas de memoria que dejan en el lienzo, a modo de negativos de una remota imagen, manchas difusas que se superponen sin confundirse. Aquella parece la de un hombre mínimamente armado que mira hacia un cielo del que no espera clemencia. Alguien conjetura, más enfático que ingenuo, si no será el prólogo de la enésima muerte de don Quijote. Ésta muestra dos grandes monolitos en llamas que llevan grabadas, como un grafiti tatuado con plomo, las palabras que el profeta escribiera hace tiempo: «La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno». Y si se desenvuelve del todo el sudario de la momia para ver lo que guarda pegado a su piel, aún podrá descubrirse un pequeño rasguño. Lo observo con detalle, tras aumentarlo todo lo que puedo en la pantalla. Al fin veo lo que es. La pisada de un pájaro. Una brizna de hierba. Un píxel de luz pura atrapado en el hilo de la trama.

Imagen: Entrelíneas © SPM, 2013.

(Memomia del 11 de septiembre)

2 comentarios:

cristal00k dijo...

'Un píxel de luz pura atrapado en el hilo de la trama'. Genuina Alquimia!

Alfredo J. Ramos dijo...

Alquimia, si acaso (¡ojalá!), del verbo. Gracias, Cristaliña. Bicos.