miércoles, 7 de agosto de 2013

Frutos bárbaros

Interior, óleo de Giacometti, 1949. 

En la penumbra de la casa
el tiempo avanza sin que nos demos cuenta. 
El verano sucede al día más largo 
y el calor se retuerce entre las horas 
como un ofidio de dientes insidiosos. 
Uno no sabe en qué parte del cerebro común 
brillan esas imágenes exóticas,
con su aureola superflua 
y el poso lánguido de su melancolía. 
Frutos bárbaros 
que unen a su turbia belleza 
el don incomprensible de la inutilidad. 
La vida es la memoria que no cura,
la limpia sucesión de las miradas 
y el fresco corazón que, si está herido, 
sabe que dentro de él aún mana un sueño.


Sin título.
Escultura en bronce de Giacometti, 1927.

6 comentarios:

virgi dijo...

Me emociona Giacometti, todo, cualquier cosa de él.
Besos

Alfredo J. Ramos dijo...

Estuve el domingo pasado viendo la exposición que le ha dedicado la Fundación Mapfre, y que se cerraba ese día. Me llamó mucho la atención el peso en ella del "lugar", y en concreto del pequeño estudio en que G. trabajaba, trasunto (según alguna anotación) de su mente. Estoy de acuerdo en subrayar la palabra "emoción" respecto de su obra, que por otro lado tiene un impulso marcadamente filosófico, de indagación profunda sobre la naturaleza de la realidad... El poema no tiene nada que ver, en su origen, con esa visita, pero a la hora de ilustrarlo me pareció que había una sintonía de fondo. Gracias por tu atención. Otro beso.

Carlos Medrano dijo...

Invadiéndote, Alfredo, el terreno personal de tus palabras poéticas, y desde el atrevimiento de equivocarme en el origen o motivación de este poema que no es necesario saber para leerlo y recibirlo, juego con tus palabras finales dándole otro orden y sentido, que en ningún caso te impongo, pero que en su leve variante, es como el que levanta el pico de una alfombra y descubre una grieta en el suelo que descubre otro sitio. Un abrazo y te copio este reflejo. Para dialogar, incluso sin palabras, o lo que gustes. Y con afecto.

La vida, en la memoria que no cura,
es limpia sucesión de las miradas
y el fresco corazón que, si está herido,
sabe que dentro de él aún mana un sueño.

Alfredo J. Ramos dijo...

Cómo mejora, Carlos: tu versión suelta lastre y, en efecto, como dices, permite ver más allá. El poema solo existe en quien lo lee. Gracias por la «invasión».

Alfredo J. Ramos dijo...

Tras darle otra vuelta, he optado por una solución intermedia: puede que solo sea el paso previo, Carlos, a una "rendición" incondicional... (;-)

Carlos Medrano dijo...

¡Ay!, tanto tiempo por medio que (me) ha desdibujado el origen de mi comentario y cómo eran aquellas palabras iniciales. El valor de este poema hace que tras no haberlo leído desde entonces sigue dejándome una advertencia ante la que reflexiono sabiendo que no es en vano su interés y reclamo, sin querer abarcar o delimitar todo su sentido. Algo de él no pasa en vano o se acerca a lo que desde adentro decimos.