martes, 11 de junio de 2013

El dinosaurio



Al despertar me ha asaltado, como si fuera el propio bicho, el relato del dinosaurio de Monterroso. Venía en forma de una ligera molestia intercostal con la que me había dormido por la noche, más bien ya de madrugada, y se alzaba en el primer instante del retorno a la vigilia, aún entre brumas, como el signo inequívoco de la continuidad de la vida, y a la vez como antorcha de la conciencia.

Pero, por encima de los ajustes corporales y las sugerencias más o menos deportivas (¿qué es la vida sino una carrera de relevos?), enseguida comenzó a ganar terreno el propio relato del escritor hondureño-guatemalteco, su extraordinaria virtualidad, la riqueza significativa de su única línea prodigiosa .¿Alguien todavía la desconoce? Esto es lo que dice: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».

La fuerza de este microrrelato estriba en que, se interprete como se interprete, siempre refiere un proceso de lucidez, de darse cuenta de algo: lo que podríamos llamar con propiedad «un golpe de conciencia». Ese es el amplio sentido en que resuena la palabra "despertó". No sólo por el hecho evidente de lo que significa abrir los ojos y la mente después del sueño, sino por lo que ocurre en cualquier momento en el que dentro de nuestra cabeza, quizás también a veces en el lugar del corazón o incluso cerca del estómago, suena un clic que nos hace ser conscientes.


La amplitud de significados del verbo "despertar" permite que la frase pueda aplicarse a un número muy extenso de situaciones relevantes; de hecho, a todos aquellos actos que logramos salvar de la inercia o el sonambulismo, de los que nos apropiamos por dentro y a los que nos incorporamos plenamente como seres capaces de lucidez.

¿Y qué es lo que entonces se nos revela? Además de ponernos frente a nuestra naturaleza de seres capaces de reflexión, toda toma de conciencia es una experiencia de la continuidad. O, lo que viene a ser lo mismo, una iluminación concreta de ese mecanismo básico de la identidad al que llamamos memoria, el proceso o procedimiento que nos permite reconocernos y que, en consecuencia, sostiene sobre una base más o menos firme el edificio de  nuestro "yo".

En este sentido, resulta llamativo que buena parte de la eficacia del micro de Monterroso recaiga sobre algo tan leve como imprescindible:  la partícula elemental (técnicamente un adverbio) "todavía".  Es ella la que, al indicarnos que la acción ya había comenzado en un movimiento anterior al de la toma de conciencia presente, posibilita que se cree, como reflejo del "cuando" que abre la narración, un arco de sentido que nos inserta en la corriente del tiempo*. De ese forma queda patente que el despertar lo es no sólo respecto a nuestra propia consciencia del ahora sino también en relación con una duración que nos excede, con un pasado más o menos indefinido, en el fondo con con una larga historia.

Larga porque el "objeto" revelado por la lucidez y expuesto en el tiempo de la contemplación es nada menos que un "dinosaurio", una palabra que nombra una realidad anterior a la propia historia humana, envuelta en la tiniebla de los ciclos ahistóricos, sobre los que tenemos sólo hipótesis razonables que poco a poco se van consolidando, o no, como relatos dignos de crédito. Y que también se nos ofrecen como territorios en los que podemos adentrarnos y sobrevolarlos merced a esas facultades aéreas que son la fantasía y la imaginación.

Por eso, el dinosaurio, con toda su carga proverbial de antigüedad remota y su realidad aunque científica también legendaria, puede ser cualquier cosa, tiene la condición de "imagen comodín", o "fetiche mágico", tal vez una especie de aerolito que, una vez capturado por nuestra conciencia temporal, podemos emparentar libremente con las situaciones más disímiles: una tarea aplazada, una persona que comparte nuestra vida, el gran reto que tenemos pendiente, la odiosa razón que siempre lograr alterarnos el ánimo, la paciencia que nos esforzamos en cultivar, el partido ganado, el final no previsto de la película cuyo recuerdo tanto nos alegra, la crisis económica, la puta política, el invierno, la frialdad de su mirada, los semáforos en ámbar, la lucha de clases, el caos, la mano de nieve, un leve dolor...

Caben tantas cosas en el cuerpo del dinosaurio que es imposible no advertir su presencia al despertar.

** Del mismo modo que otra partícula elemental en danza, el "allí", en realidad no es solo otro adverbio, sino que las finísimas agujas que porta en su interior nos insertan (como mariposas disecadas diría, si la comparación no estuviera algo sobada) en un espacio, no del todo bien determinado, pero insoslayable.

(Tiempo contado. Jueves, 21 de marzo de 2013)

Posdata (del 12 de junio)
Una rara coincidencia, de esas que no se sabe bien por qué flotan en el aire y caen donde el azar quiere, hizo que el mismo día que subí este artículo al blog (es decir, ayer) EL ROTO publicara en El País esta viñeta, una lectura política y actual del micro de Monterroso, con otra vuelta de tuerca al asunto de la consciencia.


3 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Todo un ensayo en torno al famoso "micro". Muy interesante y agudo.

Ya te preguntaré cómo consigues incluir ese enlace, "Más información", con el resto del artículo.

Abrazos.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Antonio. Lo que está claro es que el dinosaurio sigue ahí. Cuando ya acababa el día (buen, en realidad ya en el siguiente, o sea, esta madrugada) vi que El Roto, en su viñeta de El país también se había acordado de él. Añadí una nota al respecto en la entrada, más que nada como excusa para incorporar la viñeta. Un abrazo

JOSÉ LUIS MORANTE dijo...

Baltasar Gracián tiene en el cuento liliputiense de Monterroso un argumento central sobre su teoría de la brevedad. Tu entrada es excelente, querido Alfredo. Y sigue nutriendo ese recurrir al microrrelato para buscar respuestas. Abrazos desde Rivas.