jueves, 28 de febrero de 2013

Fábula

Mientras cae sobre la ciudad una nieve madura que lucha por llegar virgen al suelo, el rey se abriga en su armiño de animal protegido y, abotargado y renqueante, se dispone a contemplar con ojos de sapo moribundo cómo se desmorona el reino a sus pies. La soledad de los monarcas es un corolario de su propia condición, casi un pleonasmo, el rugido o gruñido de su naturaleza. La perpetuación del instinto predador de una especie bubónica, interesada por igual en bestias y hembras, amenaza con solidificarse ante la mirada indiferente de la muchedumbre, que apenas recuerda los tiempos en que la vida transcurría fuera del túnel. No muy lejos, sólo un par de páginas hacia el sureste, las trompetas de la catástrofe se oxidan en medio de pendones deshilachados, mientras la voluminosa retórica de la saga pontificia, con vuelo felliniano incluido, se pliega sobre sí misma para añadir una nota al pie en el libro (falso) del Apocalipsis, allí donde Juan tuvo que dejar de escribir para no perecer también antes de tiempo. El héroe de la gabardina negra, ese hombre sin rostro que ha estado vigilando con paciencia las entradas y salidas de la Casa del Terror, se sube las solapas y con un gesto indiferente da por concluida su misión. «Aquí ya no hay nada que rascar», se dice. Luego, con paso sosegado, se dirige hacia la última viñeta del tebeo para que todo quede en orden dentro de la fábula.

Viñeta de John Constantine: Hellblazer. Tomada de aquí.

3 comentarios:

Antonio del Camino dijo...

Una fábula real como la vida misma. Me ha parecido una delicia de prosa.

Abrazos.

virgi dijo...

Genial pero genial.
Yo cuando veo esa troupe de cardenales, no puedo evitar una mueca de asco.
Besos

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Antonio y Virgi, siempre tan generosos. Abrazos.