jueves, 13 de diciembre de 2012

A rebato


«Como los veo a ustedes angustiados por la proximidad del fin del mundo, permítanme decirles que no solo son verdad todas las afirmaciones vertidas durante estos meses sobre las profecías mayas, el final de la cuenta larga, el choque del cometa y el tsunami global, sino que lo son todas a la vez. El mundo, tal y como lo hemos conocido, tendrá un final. Pero también tendrá un final el temor al fin del mundo. De modo que lo único que quedará de todo esto será un estado general de perplejidad, una duda permanente de borrosos perfiles, un sí y un no gemelos y simultáneos que se convertirán en nuestro sino. Pero, en una situación así, ¿quién en sus cabales estaría dispuesto a soportar indefinidamente la desgracia? ¿Quién no demandaría la piedad de los cielos, un gesto inapelable que pusiera fin a tales tormentos, a tan agobiante sinvivir, a semejante sindiós? Es, pues, justo y necesario, queridos hermanos, que esa plegaria crezca en nuestro interior y se eleve a lo alto sin demora... Pero, mirad, la benevolencia del Supremo es infinita y, omnisciente como Él es de las tinieblas que anegan el corazón humano,  amén de pródigo en su misericordia, me ha mandado a mí, el más humilde de sus siervos, para que de forma tan célere como eficaz y última y defintiva responda aquí y ahora a vuestras súplicas...»

Empinándose un poco sobre el alto púlpito desde el que dirigía su sermón a la comunidad congregada en el vasto templo, el predicador sacó un arma semejante a la exhibida por el último James Bond en Skyfall (precisamente) y entrecerrando un poco los ojos ametralló durante tres, cuatro, acaso cinco minutos interminables a diestro y siniestro.

No se contaron supervivientes.

Después, aquel individuo de no mucha estatura, vestido con una mezcla estrafalaria de prendas litúrgicas, descendió del púlpito, dejó el arma sobre el altar, cruzó el presbiterio, avanzó por el pasillo de la nave central, giró a la derecha y se dirigió a la torre. Una vez arriba, sin hacer caso del vértigo que alguna vez había sentido, asió los cordajes de las dos campanas y se puso a tocar a rebato.

2 comentarios:

Navajo dijo...

Pues sí que produce "vértigo" la escena descrita, aunque no parece de corta estatura quien en la imagen sube al campanario.
¿La masacre ha sucedido ya, tal vez en en Newtown, EE UU, o está por caer en alguna Misa del Gallo inminente?
¿Quién dará la orden final de disparo, quizá el mismísimo @pontifex o algún bizarro mosso d'esquadra?
En cualquier caso, como bien señalas, lo auténticamente horrible sería perder el temor (y la esperanza) de que todo esto es, a fin de cuentas, finito.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Navajo. Y es verdad lo de las diferentes estaturas. Lo de ilustrar el texto con el fotograma de Vértigo se me ocurrió al final, por una asociación de ideas e imágenes, incluso por cierta similitud en el "clima moral" (signfique lo que signifique "clima moral", como diría Millás). Pero no pretendía identificar a James Stewart con el protagonista demente del micro. Aunque, ahora que lo pienso, puede que algo "curil" o al menos "clerical" si hubiera en las obsesiones del detective Scottie Ferguson... Un día de estos, si el mundo sigue (!), lo hablamos. Un abrazo.