sábado, 19 de mayo de 2012

Deriva (o avired*)

Christine Keeler en 1963, foto de Lewis Morley. Victoria and Albert Museum.

Que los medios de comunicación (mass media) eran extensiones de nuestros sentidos ya nos lo temíamos. Ahora empieza a tomar cuerpo la especie de que la red y su nube y su futura constelación en trance de crear un universo paralelo (o muchos: ¿para lelos?) y en expansión continua son una prolongación de nuestro sistema neuronal, el estallido sináptico de mil burbujas brujeriles por segundo sometido a la catarata imparable de la gota cayendo en la clepsidra y a la sospecha previsible de lo duro que es vivir. Un ejemplo: ¿quién le manda a usted tener memoria propia? En la noticia del atentado de tintes mafiosos contra un instituto italiano que hoy repican todos los medios, el ojo de la mente se queda detenido en un nombre: Francesco Profumo, el actual ministro de Educación italiano, de cuyo apellido surge imparable el aroma de una historia que permanecía oculta en algún pliegue cerebral desde quién sabe cuándo o cuánto (los cuántos cuándos, ¡tiene bemoles!) y que ahora se estira, alza el cuello, revive y por la propia red nadaletea y se hace dueña, no solo de la fachada de este muro, sino de una parte crucial de la mañana que acaba por revelar lo azarosa que es toda insistencia en la existencia, y lo difícil que resulta salirse de la vía franca que los tópicos jalonan como una calzada que siempre conduce a dónde si no al mismo sitio. Sea éste o ese, ubicuo lugar, el que usted, perplejo, morboso o solo hipócrita e improbable lector, está maquinando, quién sabe, acaso en trance de cogitar por cuenta propia. Que el ojo salve lo que el día nos niega.


* Avired o avirred: ansia, codicia cibernáutica; tendencia al consumo compulsivo de contenidos en internet.

6 comentarios:

Navajo dijo...

¡El caso Profumo!, el “topo” hecho carne (vaya viaje el de la Keller-icono: de la grasienta gloria del tabloide a las paredes del Victoria & Albert). Vuelvo a pensar en aquella conversación sobre realidad y ficción, y convendrás conmigo en que, en aquel chusco caso, la realidad (el ministro, el espía y la Keller) adolecía de una vulgaridad inadmisible en cualquier novela de Le Carre.
Esa creciente nube para-lelos de la que hablas, con sus imparables y mayormente estériles sinapsis, parece una amenaza tóxica de la que convendría resguardarse. Por cierto, veo con placer que tu recién nacida criatura “nadaletea” con vigor y se mueve con soltura en la realidad del texto. ¿Sabías que “avired”, además del magnifico significado de que la has dotado, es también un servidor de correo puntocom? Puñetera realidad.

Carlos Medrano dijo...

La fotografía de Lewis Morley, muy hermosa.

A Christine Keeler la he conocido por esta entrada, una mujer atractiva, consciente de ser bella.

Buscamos la intemporalidad del arte y, a la vez, el mito de tocar la fugacidad de lo absoluto. Infinita nostalgia de ser vivos y de que el tiempo no pasara. O de que la realización personal -empezando por la belleza, el placer, la alegría sin trampas y en su adecuado momento- nada nos lo impidiera.

Reconocemos al menos el testigo de esa consciencia. Un abrazo, Alfredo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Navajo, pertinentes tus reflexiones, como siempre. Desconocía ese uso «avirrédico», pero la verdad es que, pensándolo bien, casi se cae de puro obvio. Antes de internet, uno podía mantener la ilusión de la originalidad hasta el fin de sus días. Hoy está visto que las cosas ocurren y "se ocurren" repetidamente en varios puntos y cerebelos a la vez. Otro motivo (aunque inverso) para resguardarse de los efectos no deseados de lass cibersinapsis. En cuanto al caso Profumo, suponía que también tú sentirías el "perfume embriagador" del nombre. Surcos de la memoria, ojalá que la semilla de la materia gris nunca los abandone. Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Carlos: celebro haberte alegrado el ojo y dado pie a una de tus siempre hondas reflexiones. Supongo que aquí se pone de manifiesto la diferencia de generación (aunque sea solo de unos añitos..., ) o tal vez de intereses: quizás el caso Profumo tuvo sobre todo una dimensión periodística en tiempos en los que este tipo de escándalos ponían a prueba la eficacia de los medios. En todo caso, es una historia que ha dado lugar a muchas ramificaciones (incluidas algunas películas), y aunque no pasará a la historia como signo de nada, sí tiene cierto encanto narrativo. De eso, más que nada, se trataba. Otro abrazo.

Carlos Medrano dijo...

En 1963, Alfredo, yo tenía dos años. Imagínate lo que pudo llegarme de esa historia. Y sucede como siempre, que la lectura es un acto abierto que genera en el lector unas sensaciones tal vez inesperadas, pero creativas y libres. Lo poético es eso, esas conexiones imprevistas y capaces de abrirnos de otra manera los ojos. Carlos Saura también me condujo a Garcilaso cuando una tarde de agosto en Salamanca yo sólo quise ver una de sus películas antes de mis 20 años. Si viviera como tú cerca de unas salas de cine con las que hace tiempo quedó interrumpido mi contacto, me gustaría volver a recibir el mundo por la poética y reflejo de ciertas luces. Tú has hablado hace poco de El espíritu de la colmena. Que eso es posible lo demuestra que lo concebimos y la mención de algunos nombres. Por ejemplo, A.Tarkovski

Alfredo J. Ramos dijo...

Completamente de acuerdo, Carlos, en lo de las conexiones inesperadas. También a mí el caso Profumo, que me pilló ignorante del todo a los 9 años, solo me interesó mucho más tarde, cuando estudiaba periodismo y en alguna asignatura, o en alguna clase, se le prestó especial atención. El nombre estaba ahí, latente, y al leerlo de forma accidental el otro día, tiró de recuerdos dormidos. Y luego está la vertiente novelesco-filmica que mencionaba Navajo (y a la que conducen alguno de los enlaces de mi post), aunque el espionaje nunca ha sido mi género favorito y, como el propio Navajo sabe bien, tiendo a perderme con facilidad en la maraña de los agentes dobles.

Lo de no disponer de cines cerca es una carencia que afecta a una parte cada vez más extensa de la población. Y en algunos sitios es milagroso que aún sobrevivan las salas: en Los Alcázares, en el Mar Menor, por ejemplo, más de una vez hemos estado solos dos o tres espectadores viendo una película de estreno en un cine para 200 personas. Por fortuna, en Madrid eso aún no pasa, aunque depende dónde: por ahí hay un interesante blog titulado «Desde la ciudad sin cines», y me parece que se refiere a Móstoles... Saura, Tarkovski, Erice... nombres en cuyo obra está presente, de modo diferente pero claro, esa «poética y reflejo de ciertas luces» que mencionas. De todos modos, aunque la magia y ritual de la sala oscura sean insustituibles, también los deuvedés y de cuando en cuando hasta la tele nos permiten disfrutar de tanta belleza filmada como la historia del cine ya atesora. Dreyer, por ejemplo, del que el otro día pillé en un canal temático su «Dies irae», un prodigio, aunque no llegue a ser «La palabra» (Ordet), incomparable ejemplo de cómo cine y poesía circulan por la misma vía. Incluso más: pueden llegar ser una y la misma cosa. Así lo creo.