jueves, 14 de octubre de 2010

La mina y el idioma

He sido uno de los mil millones de personas que, según las más fiables estimaciones, siguieron en directo a través de la televisión el exitoso rescate de los 33 mineros atrapados en la mina San José de Chile desde el pasado 5 de agosto, retransmisión ya transformada en uno de los acontecimientos globales más importantes de la historia de los medios de comunicación y probablemente el más seguido a través de Internet.

Los seis 'rescatistas' o 'rescatadores', ya solos, en el fondo de la mina.
Foto Efe.

Un suceso cuya emotividad y dramatismo, su inmenso poder mediático, sus explotaciones políticas (en varias direcciones) y su valor como logro técnico y organizativo son sólo algunas de las muchas perspectivas psicológicas, sociológicas, económicas, industriales, laborales... desde las que puede ser contemplado, y desde las que sin duda será analizado, revisado y repensado en el futuro. Lo cierto es que ya ha hecho correr ríos de tinta, sobre todo electrónica.

Y ello por no hablar de los diferentes récords y marcas que han quedado establecidos o han sido superados (mayor rescate minero de la historia, días de permanencia bajo tierra, profundidades salvadas...) durante el desarrollo de esta tragedia felizmente reconducida hacia una verdadera historia de salvación, con resurrección incluida, como sugiere el mismo nombre del renaciente ave Fénix elegido para designar al artilugio mediador, toda una valiosa pieza de museo (en realidad, dos) cuyo diseño parece haberse inspirado en alguna edición ilustrada de una novela de Julio Verne.

Y sin que falten, tampoco, las siempre oportunistas simbologías numéricas, entre las que la más llamativa quizás sea la de que el rescate de los 33 hombres haya culminado el 13 del 10 del 10 (cifras que suman 33)...

Como «suceso televisivo», el rescate de la mina del desierto de Atacama ha sido comparado a la llegada del hombre a la Luna (el primer acontecimiento universalmente retransmitido), a la primera guerra del Golfo (la primera vez que se televisaba a hora fija un conflicto bélico) o el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York (el primer día de todo lo que vino después).

Y es verdad que tiene esa categoría. Aunque a mí lo que no dejaba de rondarme por la cabeza, tal vez como revancha imaginaria de una tragedia "televisiva" especialmente dolorosa, eran las imágenes angustiosas de Omaira Sánchez, la niña colombiana que quedó atrapada a causa de la explosión del volcán Nevado del Ruiz y a la que prácticamente vimos agonizar ante las cámaras, sin que fuera posible su liberación. Ocurrió hace ahora casi 25 años: entre el 13 y el 16 de noviembre de 1985.

El rescate de los mineros visto por Alberto Montt.


Rico idioma

En medio de la fascinación con la que seguí, de forma intermitente y combinada con otras actividades pero con continuidad, las largas horas de la Operación San Lorenzo, uno de los aspectos que volvió a centrar mi interés (suele ocurrirme siempre que la fuente de la noticia es la América hispana) fue la cuestión idiomática. En concreto, la riqueza expresiva del español de allá, la calidad y calidez con que gentes de diferentes condición social, y en particular de los estratos más humildes, son capaces de contar sus sentimientos y exponer sus opiniones.

Y de nuevo volví a pensar que ese envidiable uso popular del poder de las palabras nos ayuda a ensanchar los cauces expresivos de una herramienta de comunicación, nuestra lengua española, sobre la que demasiadas veces la minoría hispanohablante de acá (apenas el 10 por ciento del total) tenemos un sentido excesivamente patrimonial, acaso ligado a otros sentimientos posesivos que se traducen en algunos prejuicios sociales conocidos por todos.

Lo cierto es que, junto a la espectacularidad de algunas imágenes (incluidas las del interior de la mina, tan irreales como inquietantes) y frente al jabonoso discurso político y patriotero, daba gloria oír hablar a muchos de los protagonistas de esta epopeya, y en especial al más dicharachero de ellos, Mario Antonio Sepúlveda, cuyo relato me parece que tiene valor literario.

Mario Sepúlveda, aún en el interior de la mina.
«Estuve con Dios y estuve con el diablo –declaró Sepúlveda una vez rescatado–. Me peliaron y ganó Dios, me agarré de la mejor mano. Lo único que les pido es que no me traten ni como artista ni periodista. Yo quiero que me sigan tratando como el Mario Antonio Sepúlveda Espinaze, el trabajador, el minero. Yo quiero seguir trabajando porque creo que nací para morir amarradito al yugo, como digo yo. La vida a mí me ha dado cosas muy lindas... me ha tratado muy mal, me ha tratado muy duro. Pero ¿les digo algo...?: creo que he aprendido cosas maravillosas y a tomar los buenos caminos de la vida.»

'Rescatistas' versus 'rescatadores'

Junto a esta brillantez oral, los caminos del lenguaje a un lado y otro del océano me han dejado una duda: ¿cómo deben ser llamados los valientes profesionales de la seguridad que hicieron posible el salvamento de los 33 enterrados?

La prensa y los medios de comunicación españoles los llaman rescatadores, por cierta lógica de uso y en coincidencia con la Disney. En América, en cambio, es notorio que se prefiere el término rescatista, que por estos lares sin duda nos suena, en principio, raro. La RAE no lo recoge en sus obras de referencia, ni siquiera en el Diccionario panhispánico de dudas, aunque es posible que esté en el nuevo Diccionario de americanismos, que no he podido consultar. Tal vez el lingüista y académico cubano Humberto López Morales ofrezca pistas válidas para enfocar esta y otras discrepancias en su obra La andadura del español por el mundo, a la que acaban de concederle el premio de ensayo Isabel Polanco en su segunda edición.

Sin embargo, si uno lo piensa bien y va repitiendo la palabra y ablandado la extrañeza, ¿no acaba pareciendo más razonable llamar a estos especialistas de un trabajo altamente cualificado con un término que está en la línea de socorrista, paracaidista, equilibrista o incluso periodista?

Los expertos dictaminarán, pero con su valiente acción los rescatistas chilenos ya han llevado este nombre desde la mina al corazón del idioma. Y esos latidos deberían recogerse en el diccionario.

4 comentarios:

Navajo dijo...

Tal vez la cuestión resida en que “rescatador” se refiere a alguien a quien el azar, o las peculiaridades de su trabajo (v.g. un bombero), coloca en una situación en la que está en condiciones de rescatar a otro; mientras que el término “rescatista”, que muy adecuadamente relacionas con otros de similar linaje, parece indicar un oficio o profesión, y designar así a alguien que se dedica al “rescatismo”.
De cualquier forma, además de coincidir contigo en el agrado que casi siempre me produce escuchar el rico español de los de allá, tan cantarín y tan vivo, hay dos cosas de esta historia ejemplar que me han llamado la atención. De una parte, el enorme coste económico que ha debido suponer el rescate y que invertido previamente en medidas de seguridad y mejoras salariales habría podido evitar la catástrofe y alegrar un poco la vida de tan esforzados currantes. Claro, que el recate lo paga en principio el contribuyente chileno, y las mejoras las habrían tenido que pagar los empresarios, que como es sabido tienen mejores cosas que hacer con su dinero.
La segunda cuestión es el pacto suscrito por los 33 enterrados de no ceder a la previsible tentación de los medios de comunicación para que las condiciones de brutal intimidad durante el encierro se conviertan en objeto de consumo por parte de la voraz clientela de la prensa rosa y amarilla, ansiosa de “interés humano”. ¿Serán capaces de cumplirlo?

Alfredo J. Ramos dijo...

Oportunas apuntes, amigo Navajo, gracias por dejarlos. En cuanto a si serán capaces los rescatados de respetar su pacto de silencio..., pues qué quiere que le diga, mi cuate, a lo mejor sí o a lo mejor depende... Me barrunto que en muchos casos dependerá de la plata que ande de por medio... Abrazo.

Lily dijo...

Amigo mío, sus apuntes y comentario anterior sobre este hecho tan extraordinario en sí mismo, no aleja de mi mente la posibilidad de que alguien "salte la talanquera del silencio", si la tentación -del color apropiado- es mucha.

Ojalá y no.

Un abrazo,
Lily

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Lily. No sé si se ha roto el pacto de silencio (parece que en sentido estricto no) pero el asunto ya ha sido objeto de interés agudo por parte de los media más depredadores. En todo caso, cabe desear a estos "resucitados" que puedan retomar su vida con la mayor normalidad posible. Y que su epopeya verdaderamente sirva para que mejoren las penosas condiciones de trabajo de los mineros de todo el mundo. Es bien sabido que, además de en otras minas del propio Chile y de otros países americanos, también en China y en muchas explotaciones africanas este oficio se sigue desempeñando en circunstancias que poco tienen que envidiar a la pura y dura esclavitud. Un beso, amiga.