jueves, 23 de septiembre de 2010

Super-(pero sin)-tramp


La longevidad de grupos como Supertramp y la tendencia de la historia a repetirse (aunque sea como farsa) hacen posible que algunos argumentos musicales del pasado vuelvan a cobrar actualidad. Uno de los momentos más curiosos de la reciente actuación del grupo británico en el Palacio de los Deportes de Madrid (15-09-2010) se produjo durante los minutos en que, para ilustrar varios temas, en una parte del escenario se recreaba visualmente la conocida portada del disco Crisis? What crisis?, publicado originalmente en 1975.

El irónico contraste que la portada sugiere entre los problemas sociales y el feroz individualismo sin duda había que entenderlo entonces en el contexto de la crisis del petróleo de 1973, aquella que lanzó al estrellato mundial siglas como las de la OLP. Pero vuelve a tener plena validez en estos ya largos meses de crisis económica mundial, llamada ahora financiera. Es como si el indolente y pálido bañista que en esa portada se protege parcialmente del sol sobre un paisaje en ruinas no se hubiera movido del lugar, pese a que han transcurrido nada menos que siete lustros.

Lo cierto es que esa sensación de inmovilidad no es gratuita ni casual. Los cuarenta años de historia (1970-2010), excusa de la gira internacional Supertramp 70-10 Tour que está realizando la banda liderada por Rick Davies y John Heliwell (y una vez más sin Roger Hodgson, pese a los rumores de retorno), no parecen haber hecho mella, ni para bien ni para mal, en una música que mantiene todo su poder envolvente, incluso hipnótico, con su mezcla de dulzura y rebeldía, sus afilados falsetes, sus poderosos teclados... y, en fin, su ejemplificación casi de manual de lo que se conocía como rock progresivo, muchas veces más pop que propiamente rock.

Para mi gusto, la mayor pega del espectáculo, y lo que impide que pueda ser considerado como una celebración completa de la «marca supertramp», proviene de la vieja ruptura antes citada entre sus componentes y en concreto del «pacto de caballeros» entre Davies y Hodgson que nos privó de poder disfrutar temas como la Fool's Overture, Even in the Quietest Moments o Babaji, entre otros que al parecer Hodgson ha decidido reservarse para sus conciertos en solitario.

Salvo esa pega, el grupo británico, ante un público complaciente en el que no era difícil ver miembros de al menos tres generaciones, ofreció dos horas largas de música apacible, de imágenes efectistas y ajustadas al milímetro, de lucimientos personales de Davies al piano -tocado en ocasiones con la contundencia del baterista que fue- y de Heliwell al saxo, con momentos de gran viveza rítmica en medio de un dilatado panorama de serenidad. Y el clic final (ver vídeo), pese a ofrecerse formalmente como una propina ante la insistente petición del público, volvió a transmitir la impresión de que todo estaba perfectamente previsto, encapsulado.

Podremos seguir disfrutando indefinidamente de esta música que, si envejece, lo hace con nosotros. Y que siempre tendrá la capacidad de recordarnos los años de nuestra juventud, puede que a veces entre algún apenas disimulado bostezo. ¿Es mucho? Quizás no, pero es. Y es tal cual, sin trampa y pese a que (y perdón de antemano por el chiste malo) cada vez vaya siendo más visible... el cartón. De todos y de todo.