sábado, 25 de septiembre de 2010

Cuento d'Otoño


Era viernes y había luna llena.
Estábamos los cinco
–y lo invisible.

Los frutos de septiembre
llenaban con su aroma
no sólo el amplio espacio del patio en la penumbra
también nuestros recuerdos
los caminos andados
en diferentes rumbos
bajo los mismos astros
por puertos que no siempre
figuran en los mapas.

Todo tenía el brillo
y  la precisa estela
de la amistad
la larga mano amable
que allí nos reunía
después de tantos años
para reconocernos
en los viejos afectos compartidos
capaces de llenar aún las palabras
con suficiente luz
para no extraviarnos
en las intersecciones de las calles y el tiempo.

Y las viejas historias
con sus recalcitrantes recovecos 
mil veces visitados
pero aún frescos
como pinturas al fondo de una cueva
volvían a crecer interminables
y hacían aflorar
unas miradas cómplices
un brindis
las francas carcajadas
tal vez el sortilegio de la misericordia
y el cuerpo quebradizo
de las horas sin peso
bajo la luna llena.



Imagen: Luna y chimenea hacia el otoño. © AJR, 2010.

8 comentarios:

Shandy dijo...

Ay, Alfredo, nada como compartir un buen vino con buenos y viejos amigos bajo la luz una luna de final de verano (o principiod de otoño). Estos versos destilan calidez, complicidad, amigable conversación, recuerdos de viejos tiempos... Con sencillez vas desgranando palabras y transmites muy bien las emociones. Es visual y emotivo este pequeño cuento de otoño.
Vino y amistad, sí. Yo también lo asocio.

Un abrazo

Antonio del Camino dijo...

Sabe a otoño, efectivamente. Y a luz, y a vino y amistad. Y las palabras conjuran el tiempo, lo detienen, lo abrazan. Y es fácil zambullirse en las aguas del poema y hacerlo nuestro. Muy hermoso.

Ese apóstrofe, nos lleva a tierras del noroeste, supongo.

Un abrazo.

virgi dijo...

Esos momentos son precisosos y no es nada fácil encontrarlos y vivirlos tal como nos los transmites. Siento que los aprovechas bien.
Un abrazo

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Shandy. Hay que pillar al vuelo esas asociaciones de amistad y alegría, y aprovechar las oportunidades (no tantas como seria necesario) que nos las ofrecen. Y aún más en otoño, en el estacional, tan sensualmente sensitivo, pero también en el otro (¿nos engañamos muchos si lo llamamos, como aquel, la madurez de la juventud?).

Alfredo J. Ramos dijo...

Gracias, Antonio, son sensaciones y sentimientos que conoces bien. En cuanto a lo del apóstrofe, no tenía conscientemente esa intención que conjeturas, pero podría servir. La verdad es que fue, principalmente, una mera opción fonética y visual, si bien también quería aludir, al menos levemente, al clima de ciertas películas de Rohmer (en concreto la del ciclo de los centos estacionales) cuyo retrato de momentos cotidianos tenía en la cabeza como posible modelo para el clima del poema. Pero toda "declaración de intenciones" anterior o posterior a un poema no deja de ser, además de innecesaria, algo rídícula. Celebro que hayas encontrado esos sabores que dices. Gracias por tu lectura. Y un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Estoy de acuerdo contigo, Virgi, en que son momentos escurridizos y no tan numerosos como nos gustaría. Gracias por tus generosas palabras. Otro abrazo para ti.

alatriste dijo...

querido alfredo, soy Juli'an, el amigo de Sici, el profe de filosof'ia de Talavera. Me ha gustado mucho tu "Cuento de oton~o", refleja muy bien precisamente eso, el sabor del oton~o, un ambiente rural y soleado, vamos una de las estampas que verdaderamente capturan lo mejor de la vida, lo que creo que merece la pena de ella: la limpieza del campo, del aire y del sol, y el resto sobra. Como sobra todo cuando uno recrea la estampa del lazarillo caminando con su amo por los campos de castilla. Ah'i est'a contenido todo lo que uno desea en la vida, al menos para mi. Fuerte abrazo querido!

Alfredo J. Ramos dijo...

¡Hola, Julián (bajo la máscara de Alatriste)! Bienvenido a la Posada (¡y enhorabuena...!) Gracias por tus cálidas palabras y por dejar tus impresiones, que comparto. Lo importante de verdad en la vida es cierto que son unas pocas cosas, pero no siempre tenemos la lucidez suficiente para darnos cuenta o el valor suficiente para saber prescindir de lo superfluo. Otro abrazo para ti.