lunes, 15 de febrero de 2010

Vasos comunicantes

La dificultad de llevar La carretera a la pantalla parecía grande, pero el australiano John Hillcoat ha sabido afrontarla con soltura. Su película (The Road) no sólo resulta cercana a la estética y la inquietante mirada de la inolvidable novela de Cormac McCarthy, sino que establece con ella un fructífero diálogo del que ambas obras salen enriquecidas ante los ojos y la mente del lector-espectador.

La novela, de la que ahora queda plenamente confirmado el carácter poderosamente visual de sus imágenes, nos vuelve a atrapar a través de las concreciones y omisiones de la película. Y la película, que consigue tener vida por sí misma, resulta engrandecida a la vez por imágenes que las nítidas y abiertas palabras del texto nos ayudan a ver mejor.

Película y novela funcionan así como vasos comunicantes por los que circulan las mismas pero sutilmente distintas emociones, el mismo clima de frío, desolación y terror aunque con gradaciones diversas, y la misma apertura final hacia un futuro incierto del que no está excluida la esperanza.

Tal vez la película resulte en algunos momentos, sobre todo por el peso mayor (aunque no desmedido) que en ella tienen los flashbacks y por la concreción de la escena final, menos dura o más reconfortante que la novela, aunque en modo alguno cae dentro de lo edulcorado o la componenda del happy end, como podía temerse.

El logro de Hillcoat se apoya sobre pilares firmes. Uno de ellos, fundamental, es la interpretación de Viggo Mortensen y el niño Kodi Smith-McPee, que consiguen poner en pie con total credibilidad a los personajes del padre y el hijo que caminan por un mundo arrasado en busca del sur y del mar, en un estado de completa carencia de todo (excepto del fuego, el real y el de la bondad y la esperanza interior) y enfrentados a peligros de los que el peor no es la muerte.

Clave es también la fotografía de Javier Aguirresarobe. Sus tonos apagados, con una infinita variedad de matices dentro de los colores terrosos, consigue trasladarnos una visión de los paisajes y el clima de la novela que, además de fiel en lo esencial, es creativa: los imaginábamos así, pero no éramos capaces (hablo por mí) de verlos con tanta claridad... quizás porque la ceniza omnipresente en el libro nublaba el panorama.

Por otro lado, aunque la adaptación fílmica, obra de Joe Penhall, adelgaza el contenido del libro, prescinde de muchos de sus secos y maravillosos diálogos (tan bien articulados en el texto) e incluso deja de lado imágenes verbales muy poderosas (como algunas descripciones épicas de las hordas bárbaras que salen al paso de los protagonistas), la historia está contada con una capacidad de síntesis que ha sabido identificar y reproducir el nervio del relato. A la hora de concretar sugerencias o de optar por variaciones respecto a la narración (el origen del desastre, el pavoroso secreto que esconde la trampilla de una casa abandonada, el encuentro del final...) lo hace con solvencia. El arranque de la película, diferente al del texto, le da a la historia fílmica un orden más lineal que tal vez evite equívocos.

Una película, en suma, que no sólo respeta sino que exalta la novela, pues nos ofrece de ella una lectura inteligente e inteligible que invita a releer. Y cuando volvemos al libro, la nueva lectura pone en marcha en nuestra mente una nueva película. Estas afinidades se explican en parte porque el lenguaje de Cormac McCarthy, además de intenso y poético, es también muy cinematográfico. Su literatura, como la de otros muchos novelistas y poetas de los últimos decenios, le debe al séptimo arte la inspiración de ciertos procedimientos para concebir imágenes y planear el desarrollo de la acción. Puede que, como se ha dicho a veces, el cine no sea más que un género literario. Pero la literatura, la escritura, es probable que ya no pueda vivir sin los recursos de la imaginación visual introducidos por el cine.

Imagen de la película tomada de Sosmovier.

10 comentarios:

Navajo dijo...

Coincido básicamente con la excelente exposición que haces de la íntima conexión existente entre novela y película, aunque la evidente intercomunicación entre ambas obras favorece más al filme, al aproximarlo a la profundidad del libro (esas escuetas conversaciones entre padre e hijo tienen muy difícil traducción fílmica), y presta fisonomía a los personajes literarios. A partir de ahora será imposible “ver” al padre con otro rostro que no sea el de Viggo Mortensen. Lo que resulta penoso es la falta de información del respetable, ya que buena parte del público, sobre todo en las multisalas de los grandes centros de ocio, cree que va a ver otra película “cataclísmica”, del tipo de “2012”, y no veas las deserciones que se producen a los 45 minutos de proyección, y los comentarios que puedes escuchar a la salida.

cristal dijo...

Espléndida tu exposición, el análisis que realizas de esa obra maestra que es "The Road".

He visto la película y me dejaron impresionada desde la primera, hasta la última escena. Te hace pensar, analizar, imaginar...Te deslumbra con las interpretaciones de sus personajes. Te sobrecoge...
Y cuando sales del cine das gracias porque el mundo no sea "todavía" así. Y piensas que debemos luchar con todas nuestra fuerzas para que eso no sea el futuro que nos aguarda.

Leeré sin duda la novela.

Te felicito por tu entrada, Alfredo.

Un abrazo fuerte.

Isabel dijo...

Me alegro enormemente de pasar por aquí y leerte porque me interesa mucho la relación entre cine y literatura; he escrito sobre esto y sobre si los guiones son o no literatura.
Me alegro también porque me has animado a leer el libro. Incluso lo he regalado y aún no me había atrevido con él por lo duro de las imágenes que provoca. Siempre veo la película después, para crearme ante las mías.

Es difícil, como bien dices, reproducir el nervio de un relato y que después de visionar la película tengas ganas nuevamente de leer la novela.
Tú has logrado el apetito de todo eso al escribir este excelente post.

Un saludo y felicidades.

cristal00k dijo...

Cuando una novela me gusta mucho, siempre temo a la versión cinematográfica y muchas veces decido no verla.
Tu magnífica reseña me anima a ver la película. Ya te diré.
Un abrazo Alfredo.

Ogigia dijo...

Limpio blog el tuyo, y lúcido...Un saludo desde Toledo... Carlos Morales, una vez más y su don por las encuentros

Mariantonia

Alfredo J. Ramos dijo...

Así será:, amigo Navajo de igual modo que ya es imposible no ver al franciscano detective de Eco, aquel sagaz Guillermo de Baskerville, con otro careto que no sea el que alegra la rotunda testa de Sean Connery (por poner solo un ejemplo de los muchos posibles). Lo de las deserciones que dices es lamentable, pero es que la confusión forma parte del ambiente, un caldo de cultivo, etc...

Alfredo J. Ramos dijo...

Muchas gracias, Cristal. Creo que uno de los factores por los que tanto el libro como la peli nos llegan más es por su carácter absolutamente creíble, hasta el punto de que, aunque lo sea, no parece que estemos viendo (ni leyendo) una obra de ciencia-ficción. Y la impresión se amplifica en días como estos de invierno interminable, cuando se multiplican las catástrofes naturales y parece que todos estamos un poco más a la intemperie. No podemos permitirnos ser fatalistas ni catastrofistas, pero... Un abrazo, amiga.

Alfredo J. Ramos dijo...

Isabel, gracias por tus palabras, tan cálidas Me gustaría conocer esos escritos sobre guiones y literatura, no sé si están accesibles; rebuscaré en el costurero por si encuentro alguna pista. Un abrazo.

Alfredo J. Ramos dijo...

Crsitalook, desecha esos temores y cuenta cuando y cuanto veas (de pronto me parece estar escuchando la voz un poco cavernosa, y envuelta en un no sé que de cierto yuyu, de Elena Francis, ¿por qué será?). Un beso, amiga (y nos vemos en el círculo cuántico en cuantico tenga un rato).

Alfredo J. Ramos dijo...

Ogigia, bienvenida: no sé si interpreto bien tu amable post, pero si es de Toledo, no será de Costa Ricas (¿eh!), y si es Carlos Morales habrá que pensar en el Toro de Barro. Espero no desvariar. En todo caso, gracias por venir (que se decía en algún music-hall... o era solo en "Galas del sábado"...?)