lunes, 11 de enero de 2010

Rohmer


Aunque su cine sea carne de filmoteca (o precisamente por ello) y sus historias apenas resulten memorables (¿quién recuerda en detalle, salvo alguna excepción, sus argumentos?), las películas de Eric Rohmer, organizadas muchas de ellas en ciclos (cuentos morales, comedias y proverbios, cuentos estacionales), constituyen un ejemplo de que el arte cinematográfico es (o era: los tiempos han cambiado mucho) una suerte de género literario en el que la cámara escribe al dictado de los mismos impulsos que mueven al poeta o al novelista, al imprescindible fabulador.

En el cine de Rohmer las imágenes se nos muestran como hallazgos de una mirada capaz de hacernos ver lo que tantas veces tenemos delante de los ojos sin que lo advirtamos. Y los diálogos (los maravillosos e interminables diálogos de Rohmer, tan sesudos a veces, a veces de tan banal apariencia) nos revelan la quintaesencia de la comunicación posible a través de las palabras que compartimos con los otros.

Alguien dijo, con expresión afortunada ya convertida en tópico, que contemplar una película de Rohmer era como ver crecer una planta. Y es verdad. En las obras de este hermano mayor de la «nouvelle vague» que acaba de fallecer, brilla con luz propia el lento despliegue de una sensibilidad que no pretende otra cosa que mostrar el hecho mismo del acontecer de los afectos, las emociones, la pasión, los equívocos del deseo, también el tedio y los fantasmas que forman parte de nuestra vida.

Pudimos ver las obras que le convirtieron prontamente en un nombre imprescindible de la «nueva ola» (Ma nuit chez Maud, La genou de Claire, L’Amour l’aprés midi) en proyecciones tardías de colegio mayor o en accidentadas sesiones de «cine-fórum», antes de que, ya iniciados los ochenta, acudiéramos puntualmente a los casi íntimos pero fervorosos estrenos de sus comedias y proverbios, que nos enfrentaban a historias de apariencia sencilla concebidas para ilustrar circunstancias e intuiciones vitales resumidas en frases de carácter proverbial: «No se puede pensar en nada» o La mujer del aviador, «¿Quién no construye castillos en el aire?» o La buena boda; «Quien habla demasiado acaba equivocándose» o Paulina en la playa; «Quien tiene dos mujeres pierde el alma. Quien tiene dos casas pierde la razón», en Las noches de luna llena; o, en fin, ese milagro del azar que es El rayo verde (incluyo más abajo una secuencia). Sin olvidar los cuentos contados al ritmo de las estaciones.

La muerte de Rohmer, al tiempo que levanta con su aldabonazo de ciclo cumplido una marejada de melancolía alimentada a los pechos de su propio arte, nos propone también unos deberes que no será fácil cumplir, entre tantos avatares y seducciones como nos reclaman por todos lados: revisar su cine, completar la memoria, volver a recorrer de nuevo los lugares donde la vida se nos mostró una vez como un relato íntimo, bello, inteligente. Y donde, de algún modo que ahora nos parece remoto, fuimos felices, quizás porque, ingenuos y atrevidos, creíamos que aquella forma de estar en el mundo y de mostrarlo era un puerto seguro de nuestra propia existencia.



Arriba, cartel de Cuento de invierno, tomado de Tinypic.

7 comentarios:

Indio Lopez dijo...

Lamentablemente, veo que coincidimos en los funerales. Deberíamos tomar unas copas y brindar por los que vamos quedando. Salud, compañero.

Antonio del Camino dijo...

Alfredo, gracias por recordarnos con tanta precisión y perspicacia la importancia de este peculiar maestro de la cámara; ejemplo, como bien dices, de "arte cinematográfico", de cuando aún los efectos especiales y otros artificios no eran trasunto en sí mismos, como parece que han venido a resultar con el tiempo en muchas ocasiones.

Recuerdo aún la impresión que me produjo "ese milagro del azar", como la defines, que es "El rayo verde". Y después, sus sucesivos Cuentos... Y rememoro coloquios sobre tales obras con algunos amigos...

Me temo que la pérdida de Rohmer, al menos en España, pasará casi desapercibida, cuando (tú lo apuntas) sería una buena ocasión para abordar ciertos deberes, con su cine y con nosotros mismos. A título personal, habrá que ponerse a ello. Al menos, hasta donde se pueda.

Un abrazo.

Isabel dijo...

Tienes razón, su cine no hizo darnos cuenta de lo que estaba delante y no veíamos.

La primera peli que vi de él fue "El árbol, el alcalde y la mediateca" y la primera en la que encontré esas semejanzas con la realidad, luego vinieron las demás.

Ahora él se ha ido durmiendo, como si no hubiera pasado por aquí, con la misma belleza de sus imagenes

Alfredo J. Ramos dijo...

Amigo Navajo: me parecen palabras muy sensatas. A ver si encontramos la ocasión antes de la próxima luna llena.

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Antonio: es verdad que el cine de Rohmer mueve a hablar. Gracias por tus palabras.

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Gracias, Isabel. La vertiente más política del cine de Rohmer (y creo que esa película que citas lo ejemplifica bien) tiene también un gran interés y, además, es indisociable de su compromiso estético. He leído por ahí, en una de sus últimas declaraciones, que se mostraba orgulloso de haber permanecido fiel durante toda su vida a los principios básicos de la "nouvelle vague".

Isabel dijo...

Ahora vuelvo a leer y quise decir:
"nos hizo"
Y sí, un artista consecuente. Siempre nos quedarán sus películas.

Anónimo dijo...

Isabel, ni me había dado cuenta del roedor (vulgo errata). Es una lata que el editor de estos comentarios no permita corregir (¿o sí lo permite?). Le prenderemos una lamparilla... ;-)

A.

Shandy dijo...

Pauline en la playa y La rodilla de clara fue lo que vi de él. Me parece un cine muy literario y me gusta, ese intimismo de sus películas y la verdad que encierran sus personajes tras esa apariencia de un vivir cotidiano. Pequeñas historias, como cuentos.
Precioso y sugerente ese cartel que has seleccionado.